Ojalá cayera una bomba

Prólogo de la primera edición en español de «Ojalá cayera una bomba» (1956), de Gerrit Kouwenaar, publicada por Gatopardo Ediciones en 2025:

Imagen de la portada de «Ójala cayera una bomba», novela de Gerrit Kouwenaar publicada por Gatopardo Ediciones en 2025.
Imagen de portada de la primera edición en español (2025)

Los lectores de novelas no necesitan a nadie que les diga cómo tienen que leer o interpretar un texto. La ficción habla por sí misma. Pero las novelas viajan en el espacio y en el tiempo y, en algunos casos, los lectores de una cultura y época distintas sacarían tal vez mayor provecho de la lectura si contaran con algún tipo de asidero contextual. Esta novela es uno de esos casos, pues, si bien se trata de un relato de ficción que refleja cierto desasosiego adolescente de carácter universal —y por lo tanto reconocible para cualquier lector—, con el paso del tiempo se ha convertido también en un artefacto documental que permite formarse una idea muy precisa de cómo vivió las primeras jornadas de la ocupación nazi toda una generación de holandeses. El marco histórico de la narración —muchos de cuyos aspectos sólo están implícitos en el texto— y las circunstancias personales del autor —en cuyas vivencias personales está inspirado el relato— son los asideros que pretende ofrecer este breve prólogo.

El 10 de mayo de 1940, a primera hora de la madrugada, la Alemania nazi invade los Países Bajos, que hasta aquel momento habían confiado en permanecer al margen de la guerra al amparo de su neutralidad histórica. Comenzaba así la ocupación de Holanda, que se prolongaría durante cinco largos años y, hasta el día de hoy, constituye el hecho más traumático de la historia reciente de los holandeses. Ojalá cayera una bomba narra la noche de la invasión y los primeros días de la ocupación nazi desde la ingenua perspectiva de un adolescente con un caso grave de aburrimiento existencial.

Gerrit Kouwenaar nació en Amsterdam en 1923 y, al igual que muchos otros miembros de su generación, no era del todo insensible a los encantos de una guerra que prometía grandes emociones. Aquella madrugada, con dieciséis años de edad, Kouwenaar se asomó expectante al balcón de su casa y rastreó el cielo en busca de bombarderos alemanes, lo mismo que hicieron millones de holandeses y lo mismo que hace Karel Ruis, el héroe de su novela:

La desgracia ha caído sobre nosotros, pensó Karel, no sin cierta satisfacción. Tenía un cosquilleo similar al que solía sentir la víspera de su cumpleaños. Una agradable sensación de vértigo borboteaba en su estómago.

En 1984, en una entrevista concedida a la revista Literatuur, Kouwenaar explica que no necesitó inventar gran cosa para escribir aquella escena: «Lo que piensa Karel en primera instancia es algo muy normal en un chaval adolescente: “Ojalá ocurra algo, aunque sea una guerra, que ponga este muermo de vida patas arriba”. Yo creo que muchos jóvenes de cualquier época flirtean con ese tipo de ideas».

Kouwenaar, sin embargo, no tardó en distanciarse de ese infantil deseo de vivir grandes emociones a cualquier precio. Su padre era un conocido periodista que seguía de cerca la actualidad internacional y comentaba las noticias a la hora de las comidas, y Kouwenaar no había olvidado la lección de su profesor de historia la mañana después de la noche de los cristales rotos, en 1938, por lo que, a pesar de su edad, tenía muy claro cuál era el sector de la población más amenazado por la llegada de los nazis. «En aquella época, Amsterdam-Zuid estaba lleno de judíos alemanes refugiados», dice en la ya citada entrevista, «lo cual le daba un aire distinto a aquel ensanche de la ciudad que ya bastante peculiar era de por sí, un aire distinguido, elegante, en las antípodas de lo que se consideraba típicamente holandés. Las casas de aquellos niños eran de lo más singular, con muebles modernos y cuadros extravagantes, pero a menudo desordenadas, como si estuvieran siempre en medio de una mudanza».

Ese es el recuerdo histórico en el que están basados los personajes de la señora Mexocos y su hija, las extravagantes judías que desempeñan un papel crucial en el desarrollo psicológico del protagonista, desde la ilusión inicial por la conmoción bélica hasta el posterior desengaño y el horror por la devastadora realidad de la guerra.

Además de ese, hay en la novela otros datos autobiográficos bien documentados en distintas obras. La figura del tío Robert, por ejemplo, está basada en un tío de Kouwenaar con quien estuvo alojado el autor durante sus estudios en Alkmaar, entre 1940 y 1941. El nombre del protagonista, Karel Ruis, es el apodo que le pusieron a Kouwenaar sus compañeros de prisión en Utrecht durante los seis meses de reclusión que cumplió en plena ocupación nazi —entre mayo y noviembre de 1943— por su colaboración con revistas ilegales. Traducido de forma libre, Karel Ruis vendría a ser algo así como «Carlos el Charlatán». También se ha constatado la historicidad del cuaderno que rompe el protagonista antes de irse de casa, el cual se ha conservado en el legado de Kouwenaar y contiene puberales anotaciones del autor sobre un cándido enamoramiento adolescente en el invierno de 1939-1940. Y también existe la fotografía que recuerda Karel Ruis durante su paseo por el parque, en la que aparece el autor con dos años de edad sentado en un cochecito de bebé con un sombrerito y una carta en la mano, tal como describe la novela.

Pero lo relevante, más allá de los detalles concretos, es que el relato está fuertemente inspirado en las vivencias personales de Gerrit Kouwenaar, lo cual le confiere un alto valor documental. Ojalá cayera una bomba, sin embargo, no es un libro de historia ni un reportaje periodístico, sino una genuina obra de ficción. Las circunstancias específicas del bombardeo descrito en la novela, por ejemplo, están tergiversadas por el autor, pues la ficción cuenta con la prerrogativa de poder burlar la precisión histórica. Y, aunque el relato contiene elementos muy reconocibles de Amsterdam, el autor se cuida mucho de ofrecer precisiones geográficas y se toma la libertad de mezclar en su narración particularidades históricas que corresponden a Rotterdam. No obstante, del mismo modo que sería una pérdida de tiempo documentar los errores históricos de Guerra y paz sobre las guerras napoleónicas —como señalaba Vargas Llosa en el prólogo de La verdad de las mentiras—, sería un ejercicio vano analizar de manera concienzuda la veracidad histórica de los detalles que configuran el telón de fondo de las aventuras y desventuras de Karel Ruis.


En mayo de 1940, a los dieciséis años de edad y coincidiendo más o menos con la invasión de la Alemania nazi, Gerrit Kouwenaar escribió sus primeros poemas. Cinco años y una guerra mundial después, Kouwenaar ya iba camino de convertirse en uno de los poetas holandeses más importantes del siglo xx y uno de los principales exponentes de la generación de los 50 en los Países Bajos, caracterizada por su afán de experimentación y búsqueda de nuevas formas con las que se aspiraba a definir el «ser humano total» mediante la fusión de razón y sentimiento. La Segunda Guerra Mundial le enseñó a Kouwenaar que «las palabras no son más que cascarones vacíos si no les damos contenido con nuestra vida, nuestro cuerpo y, en definitiva, nuestra propia mortalidad».

En 1949, tras casi una década dedicado de forma exclusiva a la poesía, Kouwenaar hizo una primera aproximación al género novelístico. En el plazo de dos años, escribió tres novelas cortas en las que ofrece tres perspectivas distintas de la guerra. Ojalá cayera una bomba es la más aclamada de ellas, reeditada una y otra vez y, hasta el día de hoy, leída, descubierta y redescubierta por miles de lectores holandeses. Tras aquella breve incursión en la narrativa, Kouwenaar regresaría de forma definitiva a la poesía y dos décadas después, en 1970, obtendría el premio P.C. Hooft, mayor galardón de las letras neerlandesas, por el conjunto de su obra.

Ojalá cayera una bomba vio la luz en 1950 en la revista literaria De Gids y en 1956 se publicó por primera vez en forma de libro. Enmarcada en el realismo social e imbuida de las preocupaciones existencialistas de la década de 1950, la novela de Kouwenaar tiene además el mérito de ofrecer una sutil visión humanizadora de los soldados alemanes, lo cual era sumamente excepcional en aquel momento, cuando aún había transcurrido tan poco tiempo desde la guerra. Con ello, podría decirse que Gerrit Kouwenaar se adelantó más de una década al análisis filosófico de Hannah Arendt, que en Eichmann en Jerusalén (1963) acuñó la expresión «la banalidad del mal» para expresar la idea de que los nazis, a fin de cuentas, no eran monstruos dotados de un sentido de la crueldad distinto al del resto de los mortales, sino personas corrientes al servicio de una inmensa maquinaria burocrática.

La presente edición, primera en español, acerca por fin al público hispanohablante esta obra esencial de la literatura neerlandesa que arroja una luz hasta ahora desconocida en nuestro ámbito lingüístico sobre un momento crucial de la Segunda Guerra Mundial.

Gonzalo Fernández Gómez
Bussum (Países Bajos), agosto de 2024